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El ajuste de Milei: un desafío que lo puede poner en crisis ante sus votantes
ANÁLISIS

El ajuste de Milei: un desafío que lo puede poner en crisis ante sus votantes

Empezó a correr un cronómetro. Es el que cuenta el tiempo que la sociedad tolerará las consecuencias de los aumentos de precios básicos que conlleva el achique de lo que gasta el Estado.

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Luego del anuncio de las duras medidas de ajuste de la cuentas públicas, para el presidente Javier Milei empezó a correr un cronómetro. Es el que cuenta el tiempo que la sociedad tolerará las consecuencias de los aumentos de precios básicos que conlleva el achique de lo que gasta el Estado.

El libertario está envalentonado porque cree que el contundente 56% que obtuvo en el balotaje le da respaldo social para aplicar su política de shock: suba de tarifas por quita de subsidios, liberación de precios, achique de la planta estatal, fin de la inversión en obra pública, entre otras directivas que anunció el martes el ministro Luis Caputo. No serán las únicas.

Sin embargo hay detalles que deben señalarse. Milei se convirtió en el fenómeno electoral que le ganó al peronismo unido porque una de sus ideas fuerza caló hondo en el imaginario social: que el ajuste inevitable para lograr bajar la inflación lo hiciera la “casta” política. De la que él, claro, no era parte. Esa es una porción importante de su mandato electoral. La poda de una decena de ministerios, de unas cincuenta secretarías y la revisión de contratos del esquema nacional es el primer guadañazo simbólico para mostrar austeridad, la confrontación con “lo que había antes”. Es verdad que representan menos choferes, menos asesores, menos privilegios. Pero, en rigor, resulta nimio en términos de erogaciones globales del Estado. Es, si se quiere, un gesto.

Y ahí asoma un problema real para Milei, el fantasma de crisis de su contrato electoral. Porque el verdadero gasto desmesurado del Tesoro nacional hay que buscarlo en la montaña de dinero que, año tras año desde hace un par de décadas, sólo por criterios electoralistas, los distintos gobiernos han destinado a abaratarle los precios relativos de servicios públicos, combustibles y ciertos bienes a la clase media y alta de la capital federal y el Conurbano bonaerense.

Es lo que Milei, en un giro discursivo, empezó a definir como gastos del Estado, ya no reducidos sólo a la idea del dispendio de la política.

Quitar subsidios a la energía y al transporte en la zona mencionada para emparejar costos con el resto del país, como anunció Caputo actuando la causa federalista, impactará en el bolsillo de la clase media urbana, el trabajador que apenas llega a fin de mes, el profesional independiente.

Es un universo que, en gran medida, optó por Milei en la primera vuelta (casi 30% de los votos) y luego en el balotaje. Lo que explica porqué el peronista Sergio Massa, aún ganando la estratégica provincia de Buenos Aires, no obtuvo un triunfo lo suficientemente amplio como para quedarse con la Presidencia el 19 de noviembre pasado.

Es la gente que, cansada de años de frustraciones, aplaudió la alegoría de la motosierra acaso tomando al pie de la letra la consigna mileista en campaña de que bajando asesores y choferes se solucionaba el desastre económico que dejaba el gobierno de Alberto, Cristina y Massa.

Pero la verdad es que, una vez más, el ajuste lo va a costear, sobre todo, esa clase media a la que le parecía normal pagar 400 pesos por un litro de nafta y 1.200 pesos por un atado de cigarrillos. Es un sector que fue insumo del Milei candidato. ¿Hasta cuándo será respaldo del Milei presidente? Lo dicho: corre el cronómetro. ¿Dos meses? ¿Marzo? ¿Cuando llegue la segunda boleta con la luz impagable? ¿Cuando el asado sea un lujo de ricos?

Ya se dijo en este espacio, citando a expertos en politología, que Milei necesita apelar a la idea nietzscheana de entusiasmar con un porqué, un final del camino ideal para que la ciudadanía soporte el cómo. El mientras tanto. Algo se vislumbró en su discurso de asunción frente al Congreso. Otro poco intentó transmitir Caputo en su pobre mensaje grabado del martes, con tono cuasi didáctico, tan simple que no parecía un ministro. Pero asomaría insuficiente. Sobre todo porque ya empezaron a moverse algunos actores que, se sabe, harán de la resistencia al ajuste su leit motiv de supervivencia.

No sorprenden que los piqueteros duros, ligados al trostkismo y al kirchnerismo, anuncien caos en las calles. Desafío para la ministra Patricia Bullrich, responsable de cumplir otra de las promesas de campaña de Milei: orden ciudadano. “El que corta, no cobra”, los desafió el Presidente el día que juró. Si sabe administrar esa amenaza, que es una promesa para el ciudadano harto de no poder circular, podría hallar un cierto capital político que ayude a elevar el nivel de tolerancia social al ajuste.

Viejos zorros de la política, los sindicalistas de la CGT tuvieron ayer una reunión de urgencia. “El ajuste castiga al pueblo y no a la casta”, desafiaron en un comunicado. Como si ellos, eternos en sus sillones, no fueran parte de la misma. Por cierto, no asoma hasta ahora en el plan de ruta de Milei ningún atisbo de cambio que afecte directamente a los intereses de esa corporación.

No hay que se clarividente para adivinar que, luego del mazazo de los aumentos que se vienen (de hecho, ya se verifican) ese universo social que supo creer en Milei y aquellos que lo votaron como el mal menor en una opción de dos, le pedirán más gestos contra “la casta”. A la que, en verdad, el presidente tuvo que recurrir para formar su gabinete. ¿Buscará el Presidente más contundencia o quedará absorbido por la inevitabilidad de la muerte de la metáfora de la motosierra?

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