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Arturo Illia: a cuatro décadas del adiós y de un legado colosal
FIGURA EMBLEMÁTICA DE LA UCR

Arturo Illia: a cuatro décadas del adiós y de un legado colosal

El 18 de enero del año 1983 fallecía el político radical, quien se entregó con honestidad a cada una de las actividades que debió asumir, ya sea como médico de su pueblo de adopción o como Presidente de los argentinos en tiempos complicados.

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Sin darse cuenta de que paso a paso y laboriosamente transitaba hacia un paraíso posible, buena parte del país, impaciente, eligió tomar un atajo al infierno. Cuando el golpe militar, sindical y económico de junio de 1966 derrocó el gobierno de Arturo Umberto Illia, y usurpó el poder Juan Carlos Onganía con sus ínfulas paternalistas y su franquismo a la criolla, la Argentina se internó en un pozo lóbrego del que le costó horrores -literalmente- asomar.

A 40 años de su fallecimiento, el 18 de enero de 1983 en su pago adoptivo de Cruz del Eje, Córdoba, la figura del ex presidente radical no hace más que agigantarse. Las cuatro décadas implican una cifra de especial significación, ya que equivalen al tiempo que llevamos viviendo en democracia sin interrupciones; de hecho, son más años que los que el propio Illia logró vivir en el marco del sistema por el que militó y luchó.

Puesto en perspectiva, el mandato de Illia, quien asumió el 12 de octubre de 1963, estuvo jalonado por logros que hoy parecen épicos, y cuya valoración se potencia aún más a la luz de los fracasos y las obscenidades de la política contemporánea: aumentos significativos en el PBI, la actividad industrial y la agropecuaria; reducción del gasto público, la inflación y el rojo en el Presupuesto; lanzamiento de un plan nacional de alfabetización; sanción de la ley del Salario Mínimo Vital y Móvil; reducción de la tasa de desempleo; asignación récord de un cuarto del Presupuesto a educación; aumento en la participación de los trabajadores en el PBI; levantamiento de la proscripción del peronismo, impedido de presentarse a elecciones desde 1955; y aprobación de la resolución 2065 de las Naciones Unidas, que instaba al gobierno del Reino Unido a negociar “sin demoras” la soberanía de las islas Malvinas.

A éstos, se sumaron dos temas clave, que no se pueden obviar a la hora de explicar las duras represalias y planes de lucha en que se embarcaron algunos sectores: la anulación de los contratos petroleros suscriptos por el gobierno de Frondizi, y la sanción de la ley que fijaba precios máximos a los medicamentos producidos por laboratorios extranjeros, declarándolos “bienes sociales”, gestionada por el ministro de Salud, Arturo Oñativia.

DARSE CUENTA

No fueron pocos los “arrepentidos” que se cuestionaron su papel desestabilizador en aquel período. Uno de los primeros y más notorios fue el periodista Ramiro de Casasbellas, quien durante la presidencia del “Apóstol de los Pobres” fue director de la revista Primera Plana, que no cesó de publicar brulotes vilipendiándolo y denostándolo. “¿Qué diablos sucedía en 1966, cuando las Fuerzas Armadas volaron la democracia argentina sin hallar resistencia en el pueblo?” se preguntó Casasbellas en el ocaso del Proceso: “No sucedía nada. Nada más que esto: inflación del 1% mensual; deuda externa disminuida en un tercio; subida del producto bruto interno a razón del 10% anual; crecimiento industrial del 35% en dos años; 41% de participación de los salarios en el ingreso; descenso del déficit fiscal del 25% en dos años; ninguna adquisición de empresas por parte del Estado, que dedicaba el 25% de sus fondos a la enseñanza; ningún torturado, ningún preso político, ningún desaparecido, y el máximo imperio conocido desde 1930 de las libertades, la justicia económica y la honradez administrativa”.

Sin embargo, apenas ingresó en la Rosada, y día tras día, Illia enfrentó una durísima e impenitente campaña de acción psicológica negativa, fogoneada por diversos intereses políticos y económicos. Inteligente, tozudo y no exento de picardía, se abrió camino y no admitió condicionamientos ni siquiera de su propio partido, aunque no era el jefe, rol encarnado por Ricardo Balbín. Eso sí, a pesar de no faltarle logros, su proverbial perfil bajo no le permitía recurrir al vocinglero autobombo que hoy es moneda corriente.

Al cabo, ni la cancelación de la deuda con el FMI (ante una misión de “revisión”, el presidente del Central, Félix Elizalde, les espetó a los tecnócratas “les vamos a pagar así no escuchamos más sus consejos”), ni la recuperación del salario real, ni la posibilidad de comprar casas con créditos del Banco Provincia a 21 años y tasas fijas, impidió que la CGT liderada por Augusto Vandor lanzara un plan de lucha con centenares de huelgas y movilizaciones, y doce mil tomas de fábricas.

La emergencia de corrientes y agrupaciones políticas de derecha e izquierda que coincidían en proponer “salidas” de tinte mesiánico, y la reticencia de las Fuerzas Armadas ante el “descongelamiento” del peronismo que Illia prohijaba, fueron el caldo de cultivo para que un golpe pareciera inevitable, y contara con significativo consenso social. Revistas como Confirmado, Extra, Panorama y Tía Vicenta, operaban en el mismo sentido, caricaturizando al Presidente como una tortuga, mientras al ex jefe del Ejército Onganía se lo mostraba como un “hombre fuerte” que venía a “salvar a la nación”.

EL CIUDADANO

Tras ser depuesto, Illia, que nació en Pergamino en 1900 y se graduó como médico en la UBA -se le atribuyen simpatías pincharratas de su paso como residente por el San Juan de Dios local-, se retiró de la política activa, y ejerció como médico en Cruz del Eje. Pero nunca dejó de estar vinculado con la Unión Cívica Radical.

En 1981, cuando murió Balbín, llegó hasta nuestra ciudad para acompañar el cortejo fúnebre desde plaza Moreno hasta el Cementerio Municipal. Un extenuante tramo por la antigua diagonal 74, más exigente aún para una persona de su edad. Pero insistió en hacerlo caminando, junto a la multitud que convirtió las exequias en un acto de protesta contra la dictadura. Hubo que insistirle para que se sentara a descansar en una casa de familia que le abrió sus puertas. Como durante toda su vida, no aceptaba privilegios ni tratos especiales. Era, y quería ser, un ciudadano más.

Un año y medio después, cuando le llegó su hora, fue velado en el Congreso Nacional, y su último viaje también se transformó en una manifestación de repudio hacia una Junta Militar en retirada. Sus restos fueron depositados en el Panteón de los Héroes de la Revolución de 1890, en la Recoleta, donde también descansan Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, cuya compañía se ganó con creces ese hombre bueno, austero y honesto que dejó un legado imborrable de ejemplaridad.

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