La carambola a tres bandas entre la multimillonaria ayuda financiera para la Argentina, las ventas de soja argentina a China tras la quita de retenciones y la fuerte reacción de los agricultores norteamericanos, en pie de guerra por la pérdida de un mercado clave, pusieron al presidente Donald Trump en una posición incómoda ante un sector vital de su base de votantes.
“Los agricultores están muy molestos por la venta de soja de la Argentina a China justo después del rescate de Estados Unidos”, advirtió esta semana Chuck Grassley, senador republicano por Iowa, uno de los estados con mayor producción de soja del país.
La reciente decisión de su administración, a través del Departamento del Tesoro, de respaldar financieramente a la Argentina -tercer productor de soja a nivel global, detrás de Brasil y Estados Unidos- provocó la ira del sector agrícola. “¿Por qué Estados Unidos ayudaría a rescatar a la Argentina mientras se apodera del mayor mercado de los productores de soja estadounidenses? Los agricultores familiares deberían ser la prioridad en las negociaciones de los representantes de Estados Unidos", disparó Grassley, de una tradicional familia agricultora.
Con el correr de las horas, las quejas se expandieron como reguero de pólvora entre entidades agrícolas, políticos y productores. Trump considera a los agricultores estadounidenses como uno de sus sectores más leales. De hecho, en los comicios de noviembre pasado, el líder republicano aventajó por 40 puntos en ese sector del electorado a su rival demócrata, Kamala Harris, superando sus propios márgenes en 2020 y 2016, según un análisis del Pew Research. Los expertos afirman que en las zonas rurales el magnate aún tiene una amplia popularidad.
Según los resúmenes semanales de exportaciones del Departamento de Agricultura norteamericano (USDA, por sus siglas en inglés), China no ha comprado soja estadounidense desde mayo pasado.
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