Un mecánico de automóviles en Finlandia fue despedido por pasar un parte por enfermedad en su trabajo debido a la muerte de su gato. No obstante, un tribunal apoyó al hombre y ordenó que le paguen una compensación de miles de euros, según medios locales.
La mascota del mecánico enfermó gravemente, por lo que tuvieron que sacrificarlo. Afectado profundamente por la pérdida, pidió el permiso para ausentarse, pero el empleador se negó a aceptarlo.
El hombre incluso contaba con un certificado médico, pero su empresa no lo aceptó. El jefe afirmó que su empleado debía trabajar y le dio dos opciones: retomar sus funciones o renunciar.
El mecánico decidió a volver al trabajo a mitad de su día de enfermedad pero el empleador cambió de parecer, insistiendo en que tenía que renunciar o sería despedido.
Como resultado, el hombre perdió su empleo, pero no se dio por vencido: emprendió un juicio contra su empleador ante el Tribunal de Distrito de Pirkanmaa. Para justificar su acción, el jefe acusó al hombre de una larga lista de infracciones, entre ellas ausentarse del trabajo sin autorización, amenazar con violencia, allanamiento de morada, actuar con negligencia y cometer errores. Sin embargo, no pudo aportar pruebas.
La corte falló a favor del mecánico y ordenó al empleador pagar al hombre más de 40.000 euros (47.000 dólares) de indemnización.
Lamentablemente, el mecánico nunca recibió ese dinero, porque falleció antes de la sentencia del tribunal. El juzgado ordenó que la suma se pague a sus herederos.
El criterio del juez está en sintonía con una investigación publicada en la revista académica PLOS One que sostiene que el dolor tras la muerte de una mascota puede alcanzar la misma intensidad y duración que el provocado por la pérdida de un familiar cercano, al punto de dar pie a un trastorno de duelo prolongado.
El autor del estudio, Philip Hyland, realizó en el Reino Unido una encuesta en la que participaron 975 adultos, y halló que 7,5 % de quienes habían perdido una mascota cumplían los criterios diagnósticos de ese trastorno. Esa proporción era similar a la observada tras la muerte de un amigo cercano y solo ligeramente inferior a la registrada tras el fallecimiento de un abuelo (8,3 %), un hermano (8,9 %) o incluso una pareja (9,1 %). Solo las pérdidas de padres (11,2 %) o de hijos (21,3 %) muestran tasas significativamente más altas.
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