La Argentina aspiracional

La Argentina aspiracional

Argentina está eufórica con el triunfo deportivo que expresa las aspiraciones de muchos. Lo único seguro es la incertidumbre que seguirá acompañando a un país polarizado.

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Por varias razones fue un Mundial distinto. Desde el mismo hecho de que iba a ser el último que jugara Messi, había un deseo especial de que lo ganara él. Se notaba fronteras adentro y afuera. La pasión que fue despertando la «Scaloneta» a lo largo del tiempo era otro signo: parecía que al final un técnico lograba explotar todo el potencial de uno de los mejores jugadores de la historia.

Entre el liderazgo maduro de Messi, su última oportunidad, los aciertos de la dirección técnica y el real funcionamiento en equipo de la selección argentina, se logró que la gran mayoría de los argentinos y argentinas se identificaran con el estilo y los valores del equipo nacional, cosa que había sucedido hace muchos años bajo la preponderancia de Maradona como jugador.

Fastidio hacia el statu quo político

Aunque pueda sonar curioso, el otro gran componente que contribuyó a la admiración hacia la selección de fútbol fue el gran fastidio del electorado argentino hacia el statu quo político, tanto con el oficialismo como la principal oposición. La Argentina vive una situación de alto pesimismo sobre el futuro y realiza un balance muy negativo sobre la gestión del presidente Alberto Fernández. Si bien Juntos por el Cambio triunfó a nivel nacional en la elección legislativa del año pasado, eso no lo ha convertido en un manantial de esperanza, sino en el mero instrumento para que el kirchnerismo abandone el poder el año próximo. Como viene sucediendo en varias elecciones de la región y el mundo, hasta acá la elección presidencial de 2023 consagrará el triunfo del menos malo.

Dicho fastidio con la conflictividad permanente de la dirigencia política, sumado a una situación socioeconómica grave con un índice de inflación cercano al 100 %, hace que la gran mayoría social aborrezca la tan mentada grieta. La ven como una división de la política que se le quiere imponer a la ciudadanía para explotar sus propios intereses. Por ese camino de desunión nadie avizora que se salga de la profunda crisis de estancamiento, que ya lleva unos diez años.

Una dicha colectiva

El cansancio severo con el statu quo político más la grieta contrastan fuertemente con un equipo visto como unido, humilde, tenaz, serio, perseverante, planificado. Así, el desconcierto que transmite la política vuelve más notables los atributos de la selección nacional de fútbol, y son un gran indicador del aspiracional de la gran mayoría de la opinión pública argentina. El triunfo sería entonces un premio a los que hacen las cosas como la ciudadanía quiere, y una señal de advertencia a la dirigencia.

En el humor social pre-Mundial, además del pesimismo ya mencionado, predominaban la incertidumbre, la angustia y la falta de una proyección, entre otras cosas. Obviamente, las consecuencias de la pandemia profundizaron las calamidades argentinas. Por lo tanto, un triunfo deportivo en el principal deporte de masas y en la cúspide de la competencia global iban a generar un sentimiento de felicidad temporal enorme. Eso se verificó en las horas posteriores a la finalización del partido final con una movilización masiva pocas veces vista. Pero hay un ingrediente adicional a la lógica alegría individual, que es la satisfacción porque también se viva una dicha colectiva. Es decir, la buenaventura de todos bajo una misma consigna es un rasgo que potencia la que siente cada uno en forma personal.

Más que nunca, todos juntos

Esta autosatisfacción individual y colectiva al mismo tiempo es una gran encuesta sobre qué le demanda la inmensa mayoría a su dirigencia política: ¡basta de grieta y de divisiones, pónganse a trabajar juntos! La frase que ha calado hondo y se ha viralizado hasta el infinito ha sido la de un posteo en Instagram del jugador De Paul, quien concluye su speech diciendo «Más que nunca TODOS JUNTOS». Es como una perfecta síntesis del sentimiento colectivo.

Surgen naturalmente dos preguntas. La primera es cuánto dura este clima de euforia. La ventaja de esta corriente de entusiasmo es que inmediatamente engancha con las fiestas de fin de año, en donde los encuentros con los afectos y la llegada del nuevo año llevan a momentos de balance y de reseteo de expectativas, con lo cual es un momento en general de mayor optimismo. Luego se suma el período de verano y vacaciones, que distiende el humor. Pero, en todo caso, es un efecto de corto plazo, ni siquiera de mediano. Con los problemas económicos que tiene la Argentina, hacia marzo todo debería volver a su cauce natural. Se podría decir que, en todo caso, actuará como un placebo.

¿Algún actor político sale favorecido?

La segunda pregunta es si esto favorece o perjudica a algún actor político. La respuesta es contundente: no tiene ningún efecto. En una situación normal ya no lo tendría —como nos indica la experiencia histórica— y mucho menos en una situación de crisis económica y fastidio con la política, como hemos mencionado anteriormente.

Precisamente, el humor popular positivo rechaza con más fuerza que nunca que alguien trate de llevar agua para su molino, más aún para un gobierno con un claro balance negativo. El caso Macron es bastante indicativo de que esto no solo sucede en nuestras tierras.

Pocas veces un triunfo deportivo de nivel global y de impacto popular contrastó tanto con un contexto político, económico y social tan adverso. La Argentina seguirá con incertidumbre su derrotero político de cara a 2023.

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