Ucrania, Rusia y Estados Unidos: cara a cara por la paz
Una negociación inédita, atravesada por desconfianzas y disputas de poder.
El inicio de conversaciones directas entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos en Abu Dabi marca un punto de inflexión diplomático en un conflicto que, desde febrero de 2022, parecía condenado a una prolongación indefinida. Sin embargo, más que el anuncio de una paz cercana, el encuentro expone la compleja reconfiguración de intereses estratégicos que hoy condicionan cualquier salida negociada.
Que las tres partes se sienten por primera vez en un mismo marco no implica, necesariamente, un acercamiento sustantivo de posiciones. Por el contrario, la arquitectura del diálogo revela asimetrías claras: Washington actúa como impulsor y árbitro del proceso, mientras Kiev y Moscú llegan con agendas rígidas y escaso margen para concesiones visibles.
Desde el Kremlin, la definición del encuentro como un simple “grupo de trabajo sobre seguridad” no es casual. Rusia busca rebajar expectativas y, al mismo tiempo, dejar en claro que no se siente presionada por la vía diplomática. La composición de su delegación —de perfil estrictamente militar— refuerza esa señal: Moscú negocia desde la lógica del control territorial y del equilibrio de fuerzas en el terreno, no desde una voluntad política de compromiso inmediato.
Ucrania, en cambio, enfrenta una negociación defensiva. La centralidad del Donbás en la agenda confirma que el debate ya no gira en torno a la restitución plena del territorio, sino a los límites de lo negociable. La exigencia rusa de una retirada total de las tropas ucranianas de Donetsk y Lugansk funciona como una línea roja que Kiev difícilmente pueda cruzar sin pagar un alto costo político interno. La propuesta de Zelenski de crear una zona económica especial bajo control ucraniano aparece, en ese sentido, como un intento de introducir una salida intermedia que preserve soberanía formal sin desconocer la realidad militar.
Estados Unidos emerge como el actor decisivo, aunque no necesariamente como un mediador neutral. La administración de Donald Trump busca cerrar un frente de conflicto que consume recursos, atención diplomática y capital político, en un contexto internacional marcado por la competencia estratégica con China y la inestabilidad en Medio Oriente. La presión por avanzar en un acuerdo responde más a prioridades globales estadounidenses que a una convergencia real entre Moscú y Kiev.
Las reuniones paralelas entre emisarios estadounidenses y representantes del Kremlin para discutir eventuales acuerdos económicos revelan otra dimensión del proceso: la posibilidad de que la negociación de seguridad quede atada a incentivos financieros y comerciales. Para Rusia, ese canal resulta clave como vía indirecta para aliviar sanciones y recomponer márgenes de maniobra internacional.
Europa, por su parte, aparece desplazada del centro de decisión. La crítica de Zelenski a una Unión Europea fragmentada refleja una realidad incómoda: el continente, principal afectado por las consecuencias económicas y energéticas de la guerra, carece hoy de la capacidad política para incidir de manera decisiva en su desenlace. La negociación vuelve a quedar en manos de las grandes potencias, con los europeos en un rol secundario y reactivo.
Mientras tanto, el desarrollo simultáneo de las conversaciones y de las hostilidades en el terreno subraya la fragilidad del proceso. Rusia mantiene la presión militar como herramienta de negociación, dejando en claro que el diálogo no sustituye al uso de la fuerza, sino que lo complementa.
El cara a cara de Abu Dabi abre, así, una ventana diplomática inédita, pero estrecha. Más que una mesa de paz, se trata de un espacio de tanteo estratégico, donde cada actor mide costos, beneficios y tiempos. La posibilidad de un acuerdo dependerá menos de los gestos retóricos y más de la capacidad —aún incierta— de transformar la correlación de fuerzas militares en un compromiso político sostenible.